El Valle de la luna
El Valle de la luna —¡Uff!, ¿y esto es para que lo use un hombre…?
—La usarás —dijo ella—, como miles de hombres lo hacen todos los dÃas.
Pero Billy meneó la cabeza y retrocedió.
—Te afeitarás tres veces por semana —insistió ella—. Es decir, que son cuarenta y cinco centavos, digamos medio dólar, y tenemos cincuenta y dos semanas al año. Son veintiséis dólares al año para afeitadas. Vamos, querido, pruébalo. Muchos hombres andan detrás de esta maquinita.
Él sacudió la cabeza con agitación, y las ya nebulosas profundidades de sus ojos se hicieron todavÃa más brumosas. A ella le encantaba ese simpático malhumor que lo hacÃa tan muchacho, y mientras se reÃa y lo besaba le obligó a que se sentara en una silla, le quitó el saco, le desabotonó la camiseta, y le dijo amenazadora:
—Si abres la boca te meto esto adentro.
Y le enjabonó la cara con la pasta de afeitar.
—Espera un minuto —lo contuvo mientras él extendÃa desesperado el brazo en procura de la maquinita—. He visto cómo hacen los barberos desde la calle: hacen asÃ.
Y se puso a espumar el jabón sobre el rostro.