El Valle de la luna
El Valle de la luna —Ya está —dijo después de pasar la brocha por segunda vez—. Ahora puedes empezar. Pero recuerda que no siempre haré esto por ti. Como comprenderás, sólo te estoy iniciando en la tarea.
Dando grandes muestras exteriores de rebeldÃa, simuladas a veces, otras sinceras, intentó afeitarse. Dio un respingo y exclamó violentamente:
—¡Santo Josafat!
Examinó su cara en el espejo. Un hilo de sangre se deslizaba en medio del rostro enjabonado.
—¡Un tajo!…, y con la maquinita a prueba de cortes. ¡Por Dios! Con toda seguridad que los hombres no están locos por ella… Y no se les puede culpar… ¡Un tajo!, ¡y con la maquinita a prueba de cortes!
—Pero espera un segundo —le rogó Saxon—. Hay que regularla. Me lo dijo el empleado. ¿Ves estos tornillitos?… AquÃ…, esto…, hay que darle vueltas…
Llevó nuevamente la maquinita contra su rostro. Después de otro par de tajos se miró fijamente en el espejo, hizo una mueca y siguió afeitándose. Rápida y diestramente libraba la cara de jabón y la dejaba limpia. Saxon palmoteaba de contenta.
—¡Es una cosa hermosa! —dijo Billy con aprobación—. ¡Ha sido algo grande! Dame una mano. ¿Te das cuenta el trabaja que hizo?