El Valle de la luna

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Se sentía feliz y estaba muy ocupada desde que se levantaba de la cama, sin descuidar los preparativos para la criatura que se hallaba en camino. Las únicas ropitas hechas que compró fueron unas camisitas tejidas a mano. Todo lo demás lo hizo por sus propios medios: acolchaditos con plumas, una blusita y un gorro tejidos, mitones[22], bonetitos[23] tejidos, escarpines[24] realmente principescos de dimensiones encantadoras, camisetitas con cuellos muy pequeños, polleritas[25] de franela blanca y festoneadas con seda, botitas de paño que ya se agitaban delante de sus ojos de una manera encantadora. Y, finalmente, aunque no fue lo último que realizó, muchos pañales muy suaves casi del tamaño de pañuelos. Más adelante realizó su obra cumbre: una capa de gala, de seda blanca, bordada. En todas las cosas que cosía y tejía estaba bien palpable su amor. Sí, el amor se presentaba a cada instante delante de ella, a medida que trabajaba, y advirtió que todos sus afanes se dirigían aún hacia Billy, y tal vez intensificados, en vez de desviarse hacia ese nebuloso e inasible hálito de vida que siempre eludía sus más entrañables tentativas y deseos por descubrirlo.

—Oh —dijo Billy deteniéndose delante del guardarropa atestado de ropitas—. ¡Casi lo veo andar con una camisa de hombre!


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