El Valle de la luna

El Valle de la luna

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—A mí me suena bien —respondió Billy, con el sombrero en una mano y tendiendo la otra—. Muy complacido en conocerla, señorita Brown.

Al estrechar su mano, ella sintió las callosidades de la palma del púgil, y sus ojos, rápidamente, vieron una veintena de cosas. Lo que él vio, sobre todo, fueron los ojos de ella, que le parecieron azules. Recién mucho más tarde se dio cuenta de que eran grises. Por el contrario, desde un principio la joven observó los ojos del muchacho tal cual eran…, de un azul profundo, grandes y simpáticos, con algo de juvenil y de sombrío. Vio que miraban directamente, y eso le agradó, de la misma manera que la impresión que recibió al tocar su mano. También, pero no con mucha claridad, había observado la nariz corta y chata, el rosado de sus mejillas, el labio superior y firme, y su mirada se sintió deleitada al instante por la boca bien modelada, grande y limpia, y también por la sonrisa de sus grandes labios rojos y de sus dientes de blancura envidiable… «Un muchacho, un muchacho grande como un hombre», pensó ella. Y sonriéndose interiormente, cuando apartaron las manos se sorprendió ante un reflejo de sus cabellos cortos, crespos, arenosos, un reflejo pálido y dorado, de un color de lino que no se parecía en nada al del oro.


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