El Valle de la luna
El Valle de la luna Era tan rubio que en seguida recordó a los personajes teatrales que había visto: Ole Olson y Yon Yonson. Pero la semejanza terminaba ahí. Sólo era el color del pelo, ya que los ojos tenían pestañas oscuras y grandes cejas, ojos nebulosos por el temperamento y no por la mirada de niño asombrado, y también adivinó inmediatamente que el traje liso y marrón que llevaba era de medida, y en seguida se dijo: «Ni un céntimo menos de cincuenta dólares». Además, no tenía nada de la timidez del inmigrante escandinavo. Al contrario, era uno de esos individuos que mostraba su elegancia muscular a pesar de las sosas vestimentas masculinas de la gente civilizada. Cada uno de sus movimientos era flexible, lento, aparentemente medido. Ella no lo notaba ni lo analizaba. Sólo veía a un hombre que tenía porte y gracia en sus movimientos. Sintió la calma y la seguridad de ser juego muscular, y también presintió el reposo y la tranquilidad tan gratos y anhelados por alguien que se pasa seis días a la semana planchando prendas almidonadas. De la misma manera que había sido agradable la sensación de la mano, también lo era ese sentimiento sutil de un cuerpo y una mente que llegaban hasta ella.
Al recoger el programa y juguetear y gastar bromas como, si fuera un hombre joven, Saxon comprendió al instante el deleite, que sentía por él. Nunca había sido tan impresionada por ningún hombre. Y se preguntaba: «¿Será éste el hombre?».