El Valle de la luna
El Valle de la luna Bailaba de una manera encantadora. El goce que experimentaba era el de los buenos bailarines cuando encuentran a una buena compañera de baile. HabÃa gracia en esa lentitud, en ciertos músculos que se desplazaban al mismo tiempo que el ritmo de la música… Nunca vacilaba, jamás lo traicionaba la indecisión. La joven echó una mirada en dirección a Bert, que danzaba pesadamente con Mary, deslizándose a lo largo del salón y chocando con las otras parejas cada vez más numerosas. Elegante a su manera, delgado y alto, sin barriga, Bert era considerado como un buen bailarÃn. Sin embargo, Saxon no recordaba haber sentido placer al bailar con él. Un ligero sacudimiento estropeaba su baile continuamente, algo que nunca se producÃa pero que siempre estaba amenazando. Era como si su mente tuviera algo espasmódico. Era demasiado rápido o parecÃa que esa amenaza se cernÃa siempre, que se adelantaba al momento preciso. ProducÃa inquietud, desasosiego.
—Usted es un ensueño bailando —le dijo Billy Roberts—. Ya muchos me han contado cómo baila usted.
—Me encanta bailar —le respondió ella.