El Valle de la luna

El Valle de la luna

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—Lo he visto, querida, verdaderamente fue así. Y te aseguro que no hay que temer la maldición de Dios cuando una está muerta. Lo único que hay que temer son las cubas con sal. Mientras me hallaba de pie y observaba, y mientras él me conducía, me miraba fijamente, sonriente e interrogante, y yo quedaba como hechizada por esos ojos locos, negros y cansados de estudioso. Y entonces comprendí que no tenía ningún escape para mi arcilla querida. Mi arcilla, sí, mi arcilla que había sido querida para mí, y adorada y deseada por otros. La sal no era el lugar apropiado para mis labios enamorados, para mi cuerpo que se había prodigado en el amor —Mercedes volvió a levantar la tapa del baúl y echó una mirada enternecida hacia sus adornos póstumos—: Así es que me he preparado el lecho. Y de esta manera reposaré sobre él. Un viejo filósofo dijo: «Sabemos que moriremos —pero no lo creemos». Pero lo viejos lo creen, yo lo creo. Querida, recuerda las cubas de sal y no te encolerices conmigo porque mis comisiones hayan sido altas. Para escapar a las cubas sería capaz de arrostrarlo todo…, hasta robaría el abrigo de la viuda, las migajas del huérfano y las monedas de un ciego.

—¿Usted cree en Dios? —le preguntó Saxon con brusquedad, pero después se contuvo a pesar de sí misma, a pesar del frío horroroso que embargaba su alma.

Mercedes dejó caer la tapa del baúl y se encogió de hombros.


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