El Valle de la luna
El Valle de la luna —¿Y estaban muertos? —le interrumpió Saxon horrorizada.
—Eran los muertos pobres, querida. «Vamos, Mercedes», me dijo él. «Por aquà hay más cosas para ver, y eso nos pondrá contentos porque vivimos». Y me condujo hacia abajo, hacia abajo, en el lugar donde estaban las cubas. Eran cubas de sal, querida. Yo no sentÃa temor. Pero eso se grabó bien en mi memoria, al pensar en lo que serÃa yo cuando muriese. Y era porque allà habÃa cardos amontonados. Y se escuchó una voz que ordenaba: «Una mujer, una mujer vieja». Y el hombre que estaba allà rebuscó en el interior de las cubas. Vi que extraÃa un hombre. Buscó nuevamente agitando el agua, y otra vez más apareció la imagen de lo que habÃa sido un hombre. Se volvió impaciente y gruñó por la suerte que tenÃa. Y finalmente extrajo de la cuba una mujer. Y como aparentemente se trataba de una mujer vieja, quedó satisfecho.
—¡Eso no es real! —exclamó Saxon.