El Valle de la luna

El Valle de la luna

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—Entonces ellos ya no la querrán más —le respondió.

—Pero muchas son deseadas —dijo la dueña de casa—. ¿Sabes lo que les ocurre a los pobres ancianos que no tienen con qué pagarse el entierro? No son sepultados. Deja que te lo diga. Estábamos delante de los grandes portones. Él era un hombre extraño, un profesor que debió ser pirata. Daba clases en aulas y, en vez, debió dedicarse a saquear ciudades amuralladas o a asaltar Bancos. Era delgado como un Don Juan. Tenía las manos fuertes como el acero, y su espíritu también se le parecía. Y estaba loco, un poco loco como todos los hombres jóvenes. «Vamos, Mercedes», me dijo, «veremos a los nuestros y seremos humildes, y nos alegraremos de no encontrarnos todavía como ellos… Y más tarde, esa misma noche cenaremos placentera y diabólicamente y beberemos a su salud un vino dorado, que será mucho más dorado por haberlos visto. Vamos, Mercedes». Empujó hasta que los grandes portones se abrieron, y entonces me condujo de la mano. Vimos un cuadro muy triste. Había unas veinticuatro personas que se encontraban tendidas sobre lápidas, o sino sentadas, erectas a medias y que se apoyaban, mientras que otros muchos jóvenes de ojos brillantes, que tenían cuchillos relucientes y pequeños en las manos, me miraban con curiosidad desde el lugar donde se hallaban.


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