El Valle de la luna
El Valle de la luna —Pero esto le servirÃa para pagarse veinte funerales y sepulturas —dijo Saxon protestando, asombrada por toda esa blasfemia relacionada con una manera muy convencional de considerar a la muerte—. Esto es terriblemente perverso.
—Será de la misma manera que he vivido —dijo Mercedes complacida—. Y la novia que se acostara junto al viejo Barry será linda —erró el baúl suspirando—. Sin embargo, hubiese preferido que fuera Bruce Anstey, o cualquiera de mis preferidos de la juventud, el que reposara conmigo en la gran noche, confundiéndonos en medio del polvo, que asà debe ser la verdadera muerte.
Echó una mirada sobre la joven.
—Sus ojos ardÃan por efectos del alcohol, pero se mantenÃan serenos, alegremente serenos.
—En los dÃas antiguos, los grandes de la tierra eran enterrados junto con sus esclavos vivos. Pero yo, en vez, sólo me llevaré conmigo mis preciosidades, y ninguna otra cosa más. —¿Entonces, al final resulta que… no teme a la muerte?
Mercedes agitó la cabeza.
—La muerte es valiente, buena, atenta. No temo a la muerte. Temo a los hombres, y hasta cuando esté muerta. Por eso me preparo. Cuando esté muerta no me tendrán.
Saxon permanecÃa estupefacta.