El Valle de la luna

El Valle de la luna

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—Ven, querida, te mostraré algo —llevó a la joven frente a un gran baúl, de esos que se usan en el mar. Estaba en el dormitorio. Mercedes levantó la tapa del baúl. La atmósfera se llenó de un ligero perfume, como si fueran pétalos de rosas—. Mira mi ajuar para el entierro. De esta manera voy a desposarme con la tierra.

Ante lo que la otra le exhibía el asombro de Saxon iba en aumento. Eran objetos exquisitos, deliciosos, de esos que usan las novias. Mercedes tomó en su mano un abanico de marfil.

—Lo conseguí en Venecia, querida… Y mira esta peineta, es de caparazón de tortuga. Bruce Anstey la hizo fabricar para mí una semana antes de vaciar su última botella y de levantarse sus sesos con una Colt cuarenta y cuatro. Y esta faja es de seda blanca …

—¿Y todo eso será enterrado junto con usted? —murmuró Saxon—. ¡Oh, qué derroche!

Mercedes rió.

—¿Por qué no? Debo morir de la misma manera que he vivido. Ése será mi placer. Descenderé al polvo como una novia. No quiero un lecho angosto y frío. Desearía que fuese un canapé cubierto con cosas suaves de Oriente, lleno de almohadas, de almohadas sin fin.


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