El Valle de la luna
El Valle de la luna Cuando Saxon terminó, le sugirió a Billy que entonara aquel lúgubre «Lamento de cowboy». Por algo inexplicable, tal vez fuera por el amor que existía entre ellos, había llegado a gustar de la única canción que sabía su esposo. Le agradaba su monotonía y su falta de expresividad porque era él quien la cantaba y, sobre todo, le parecía que amaba esa desesperanza y adorable mediocridad que había en cada nota. Hasta podía cantar junto con él, imitando esa chatura[26] y el encanto que Billy tenía cuando la cantaba. Porque tampoco la desengañaba de la sublime fe que le tenía.
—Me parece que Bert y los otros siempre se han reído de mí —dijo él.
—Los dos nos acompañamos bien —le alentó ella, ya que en esas cosas no se proponía deshacer entuertos.
La primavera ya estaba encima cuando se produjo la huelga en los talleres del ferrocarril fue declarada el domingo anterior, mientras Saxon y Billy comían en la casa de Bert. Llegó el hermano de Saxon, pero sin Sara, que se había negado a abandonar la rutina casera. Bert se sentía muy pesimista, mientras escuchaba cómo todos cantaban con una alegría sardónica:
«Nadie quiere al peón del molino,
nadie gusta de su apariencia,
nadie comparte cualquier preocupación suya,
cuando se confunde con guapos y rateros.