El Valle de la luna
El Valle de la luna —Usted habla como si fuese un organizador obrero —se burló Bert—, y muestra al buey por atrás. Pero nosotros sabemos otra cosa. La organización no tiene ahora tanto valor como antes, cuando se conseguÃa algo sin nada. Nos han convertido en aserrÃn. Mire lo que sucede en San Francisco: los dirigentes obreros hacen una polÃtica más sucia que la de los viejos partidos, y se comprometen y se quedan con los sobornos como si fueran rehenes, y van a San QuintÃn y, mientras tanto…, ¿qué hacen los carpinteros de San Francisco? Permita que le diga una cosa, Tom Brown: si es que usted escucha todo lo que se dice, sabrá que los carpinteros de San Francisco que están en la unión obrera obtienen los salarios Ãntegros fijados por la unión. ¿Y usted lo cree? Es una maldita mentira. Todos los carpinteros rebajan sus salarios el sábado por la noche frente al contratista. Y asà andan en San Francisco los trabajos de la construcción, mientras que los dirigentes hacen viajes a Europa con las ganancias que sacan…, o sino se las dejan a los abogados que les evitan el uso del traje a rayas…
—Es cierto —dijo Tom—, y nadie lo niega. La dificultad está en los trabajadores que no abren bastante los ojos. Debe hacerse polÃtica, pero polÃtica de verdad.
—Socialismo ¿eh? —dijo Bert apenas irónico—. ¿Acaso no —nos venderán ellos de la misma manera que lo hicieron los Ruef y los Schmidt?