El Valle de la luna
El Valle de la luna Ya todo había pasado. Saxon se movió como en un sueño, apretando la balaustrada con fuerza, y apareció sobre los escalones del frente de su casa. El jefe de los rompehuelgas, el de vientre abultado, seguía inclinado, como si la mirara obstinadamente, y agitaba una mano, aunque ya los policías habían comenzado a extraerle de donde se encontraba. La puerta había saltado de las visagras. Eso le pareció raro, ya que no había advertido como había sucedido a pesar de que estuvo mirando durante todo el tiempo.
Los ojos de Bert estaban cerrados, los labios tintos en sangre, y se escuchaba un murmullo en su garganta, como si intentara decir algo. Se detuvo junto a él, con el pañuelo enjugó la sangre de su mejilla que alguien había pisoteado, y entonces sus ojos se abrieron. Tenían el antiguo brillo. No la reconoció. Los labios se movieron desmayados y, luego de un instante murmuró, como si la recordase:
—El último de los mohicanos, el último de los mohicanos, el último de los mohicanos…
Después gruñó algo y los párpados se le cerraron nuevamente. Sabía que no estaba muerto. Su pecho subía y bajaba y el murmullo apagado aún se escuchaba emergiendo de su garganta.