El Valle de la luna
El Valle de la luna Durante ese perÃodo Billy nunca pudo sobreponerse a la impresión que le causaba el aspecto de Saxon. Cada mañana Y cada anochecer, cuando regresaba del trabajo, entraba en la habitación donde ella estaba recostada sobre el lecho y libraba una lucha enorme por ocultar sus sentimientos y mostrarse alegre y contento. AllÃ, acostada, parecÃa más pequeña, encogida, cansada, y sin embargo daba una sensación de infancia. Con ternura se sentaba a su lado, le tomaba la mano pálida y frotaba el brazo delgado y transparente, maravillado ante la delgadez y la delicadeza de sus huesos.
Una de las primeras cosas que preguntó, y que dejaron maravillados tanto a Billy como a Mary, fue:
—¿Salvaron a Emilio Olsen?
Y cuando ella les contó como el chico habÃa atacado, sosteniendo en su mano una piedra enorme, al grupo formado por veinticuatro hombres de combate, el rostro de Billy se iluminó lleno de aprecio.
—¡El cachorro! —dijo—. Es como para enorgullecerse de él. Se detuvo tÃmidamente, y el temor que mostró fue suficiente como para herir a Saxon. Ella extendió la mano hasta tocar las de Billy.
—Billy —dijo, pero aguardó hasta que Mary se fue de la habitación—, no te lo pregunté antes…, y no es que me importe…, ahora… Pero aguardaba que me lo dijeras… ¿Fue…?
Billy meneó la cabeza.