El Valle de la luna
El Valle de la luna En el diario de la mañana Saxon pudo leer la fútil tentativa que se hizo para romper la huelga de los conductores de carros. Roy Blanchard aparecía allí como un héroe, y era presentado como modelo de los ciudadanos acaudalados. Y, a pesar de sí misma, no pudo dejar de admirarlo por su valentía. Había algo de hermoso en su actitud de enfrentar a aquella manada que vociferaba. Se citaba la opinión de un brigadier general del ejército, que se lamentaba del hecho de que no se pudieran apelar a las tropas para atrapar a esa multitud de la garganta, para aplicarles la ley y el orden dentro de sus cuerpos. «Éste es el momento indicado para un saludable derramamiento de sangre», eran las palabras con que concluía sus declaraciones, después de lamentar los métodos pacíficos empleados por la policía, «ya que hasta que la turba no haya sido completamente vencida y acorralada, no habrá tranquilidad para el trabajo».
Ese atardecer Saxon y Billy llegaron hasta el centro de la ciudad. Al regresar a su casa, y como no encontraron nada para comer, él la tomó de un brazo, colgó su sobretodo del otro, y fue a lo del tío Sam para empeñarlo. Luego fueron a un restaurante japonés, donde comieron algo seco que, milagrosamente, satisfacía a medias el apetito por la módica suma de diez centavos. Y después se dirigieron a un cine, donde gastaron cinco centavos más cada uno.