El Valle de la luna
El Valle de la luna —Un huelguista. Lo que ocurrió, simplemente, es que usted manejaba mi yunta de caballos, eso es todo… No, no haga nada para sacar su pistola —Blanchard ya habÃa metido la mano en el bolsillo en busca del arma—. No deseo comenzar ningún lÃo aquÃ. Sólo querÃa decirle algo.
—Apúrese, entonces.
Blanchard dio un paso adelante como para entrar en el coche.
—Sucede —continuó Billy sin apuro, desesperadamente lento— que quiero decirle que lo tengo marcado. Pero ahora no va a suceder nada, sino después, cuando la huelga haya terminado. Entonces le voy a dar la paliza más grande de su vida.
Blanchard lo miró a Billy con una curiosidad renovada. Sus ojos lo medÃan con chispeante desprecio.
—Soy bastante grande, también —le dijo—. ¿Le parece que podrÃa hacer eso?
—Claro. Su carne me pertenece.
—Perfectamente, amigo. Véame cuando haya terminado la huelga y le ofreceré una oportunidad.
—Recuérdalo —agregó Billy—, lo voy a tender a lo largo.
Blanchard hizo una inclinación de cabeza, les sonrió alegremente, saludó a Saxon con el sombrero y entró en el automóvil.