El Valle de la luna
El Valle de la luna Cuando lo intentó por segunda vez, Saxon logró encender la lámpara. Se volvió para mirarle y gritó asustada. Aunque había escuchado su voz y sabía que era Billy quien le hablaba, no le reconoció al instante. Su cara estaba irreconocible: hinchada, desfigurada, llena de equimosis, descolorida, sin sus rasgos habituales. Tenía un ojo completamente cerrado, y el otro, apenas abierto, estaba congestionado por la sangre. Una de las orejas parecía despellejada. Todo el rostro era una masa deforme e hinchada. El lado derecho de su mandíbula era doble del de la izquierda. No había nada de sorpresivo en su manera cansada de hablar, pensó ella, y vio que sus labios abultados y partidos todavía estaban sangrando. Quedó aterrada ante el espectáculo que tenía delante, y se sintió invadida por una ola de ternura. Quería abrazarle y acariciar, aplacarle, pero su manera de ser práctica le aconsejó otro proceder.
—¡Oh pobre muchacho! —exclamó—. Dime qué quieres que haga primero. No sé nada de estas cosas.
—Si me pudieras ayudar a quitarme la ropa —sugirió con una voz débil y cansada—. Recibí el castigo antes de ponerme en guardia.
—Y luego te traeré agua caliente…, te hará bien —dijo ella mientras comenzaba a despojarle suavemente el saco a través de uno de los brazos, que tenía la mano endurecida e inútil.