El Valle de la luna
El Valle de la luna Pero cuando Saxon le quitó la camisa ya no le escuchó más. Le era imposible reconocer sus espaldas magnÃficas y musculosas, de la misma manera que el rostro. La sedosidad blanca de su piel estaba desgarrada y ensangrentada. Las heridas eran numerosas, tanto horizontales como verticales, siendo más abundantes las primeras.
—¿Cómo te hiciste todo eso? —le preguntó ella.
—Con las cuerdas. Estuve pegado a ellas más tiempo del que quisiera recordar. Oh, por cierto que él me dio lo que me correspondÃa. Pero le escapé. No pudo dejarme knock-out. Pude resistir las veinte vueltas, y te puedo asegurar que le dejé algunas marcas que le harán recordar de mÃ. Y si no se rompió un par de nudillos de la mano izquierda, soy un verdadero ganso… Siento algo en la cabeza, aquÃ. Está hinchada ¿no? Seguramente. Me golpeó más de lo que quisiera recordar. Le llaman «El Terror de Chicago». Me descubro respetuosamente ante él. Verdaderamente es un oso. Pero si mi seda hubiese estado en condiciones podrÃa haberle hecho besar la lona durante diez segundos. ¡Parece que tengo fuego! ¡Cuidado!