El Valle de la luna
El Valle de la luna Se puso una pañoleta sobre la cabeza y corrió hasta la taberna «El Hogar de los Conductores de Pile», en la calle Siete. El tabernero acababa de abrir el negocio y barría la vereda. De la heladera sacó el hielo y lo rompió en trozos. De regreso se lo aplicó a Billy en la base del cráneo, después colocó compresas calientes sobre sus pies y roció su cabeza con agua de castañas, enfriada con lo que le quedaba del hielo.
De esa manera durmió en medio de la penumbra hasta muy avanzada la tarde, y entonces, ante la desesperación de Saxon, insistió en levantarse.
—Tengo que demostrarle algo —le dijo—. No quiero que se rían de mí.
Estaba atormentado. Le ayudó a vestirse y salió a la calle para que todo el mundo viera que el castigo que había recibido no le obligaba a permanecer en la cama.
Era otra clase de orgullo, ciertamente, y diferente al de las mujeres. Pero Saxon se preguntaba si por esa causa era menos digno de admiración.