El Valle de la luna

El Valle de la luna

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Y allí también había alimento gratis. Un día que contemplaba a los chicos y que no había probado bocado, los imitó y recogió almejas debajo de las rocas cuando las aguas se retiraban, y las cocinó sobre un fuego que encendió entre las rocas. Tenían un sabor magnífico. Aprendió a arrancar las pequeñas ostras adheridas a las piedras, y cierta vez se encontró con un montón de peces recién sacados del agua que habían sido olvidados por los chicos.

Allí, a la distancia, en las ciudades, estaban las pruebas de la obra siniestra del hombre. La corriente le trajo meloncitos. Flotaban y eran arrastrados por el estuario en gran cantidad. Podía recogerlos al quedar enganchados sobre las rocas, y con paciencia recogió más de una veintena de ellos, pero habían quedado inutilizados mediante un corte muy agudo que permitía que el agua salada entrara en su interior. No podía comprender eso. Le preguntó a una mujer vieja y portuguesa que recogía ramas.

—Es la gente que tiene demasiado quien se encarga de hacer eso —le explicó la anciana, irguiéndose con tanto esfuerzo que casi creyó que la oía crujir. Sus ojos negros se encendieron de rabia, sus labios agrietados, cerrados y apretados sobre las encías, se retorcieron amargamente—. Es la gente que tiene demasiado. Lo hacen para mantener los precios. Los arrojan por la borda en San Francisco.


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