El Valle de la luna

El Valle de la luna

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Este último lugar le gustaba especialmente. Allí había como una libertad absoluta, una vastedad sin fin que la hacía respirar libremente y extender las manos hacia adelante para abrazarla e incorporarla a sí misma. Era un mundo más natural, racional. Podía comprender a los cangrejos verdes con garfios blancuzcos que se deslizaban frente a ella y que veía encima de las rocas cuando el mar se retiraba. Allí todo era sin esperanza, como la enorme muralla, pero nada parecía artificial. No había gente, leyes ni conflictos entre los hombres. La marea ascendía y descendía; el sol salía y se ponía; y cada tarde, con regularidad, el fuerte viento del Oeste llegaba e irrumpía a través de la Puerta de Oro, oscurecía y rizaba el agua, hacía marchar los veleros. En todo había orden sin rozamientos, todo era gratuito. La leña estaba al alcance de la mano y nadie la vendía en bolsas. Los niños pescaban con cañas sobre las rocas y nadie podía alejarlos por haber saltado el cerco, de la misma manera que había sucedido con Billy y Carlt Hutchins cuando fueron chicos. Billy le había contado de la perca grande pescada por Carl durante un día de eclipse, cuando ni siquiera podía imaginar que un día se vería encerrado, vistiendo el uniforme de presidiario.




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