El Valle de la luna
El Valle de la luna —Pero cada año somos más —argumentó él.
—SÃ, pero dos mil años es un lapso terriblemente largo —declaró tranquilamente ella.
La cara cansada de su hermano se llenó de pesadumbre mientras asentÃa. Después suspiró:
—Bueno, Saxon, si es un sueño de cualquier manera es un buen sueño.
—Yo no quiero soñar —le respondió ella—. Deseo cosas reales, concretas, y las quiero ahora.
Y bruscamente, vio en su imaginación las legiones de aquella gente estúpida que en algo se parecÃa a los Billy, a ella misma, a Bert, a Mary, a Tom y a Sara. ¿Y todo para qué? El único fin eran los cubos de salmuera y la tumba. Tal vez Mercedes fuera una mujer dura y pervertida, pero indudablemente estaba en lo cierto. Y los estúpidos siempre estarÃan debajo de los talones de los inteligentes. Pero ella, Saxon, hija de Margarita, la mujer que habÃa escrito maravillosos poemas, hija de un pobre soldado, ella, descendiente de generaciones fuertes que habÃan conquistado casi medio mundo en lucha contra la naturaleza salvaje y contra los indios…, no, ella no era una mujer estúpida. Se sentÃa prisionera, pero injustamente aprisionada. Sin embargo, debÃa de haber alguna equivocación. SÃ, hallarÃa la puerta de salida.