El Valle de la luna
El Valle de la luna Saxon durmió durante toda la noche sin la más mínima interrupción, y tampoco soñó, y se despertó de la manera más natural del mundo, sintiéndose muy descansada por primera vez desde hacía mucho tiempo. Creyó que era la misma de antes, como si una opresión le fuera quitada de encima, o como si la sombra que se interponía siempre entre ella y el sol hubiera desaparecido enteramente. Sentía la mente clara, despejada. Aquella chapa de hierro imaginaria que la oprimiera antes ya no existía más. Se sintió contenta, y comenzó a canturrear mientras dividía el montón de pescados para repartirlos entre la señora Olsen, Maggie Donahue y ella misma. Le gustó quedarse charlando con las vecinas, y al regresar a su casita se entregó gozosamente a la tarea de arreglarla, ya que estaba bastante descuidada. Mientras trabajaba canturreaba algo muy por lo bajo y, constantemente, tenía ante sus ojos aquellas palabras mágicas y refulgentes que el muchacho había pronunciado: «Oakland es justamente un lugar para la partida, para…».