El Valle de la luna
El Valle de la luna Lo que sucedió inmediatamente superó cualquier expectativa posible, y Saxon sintió realmente el pánico. Inmediatamente, en la oscuridad, se oyó cómo las ramas eran aplastadas, cómo caían y rodaban cuerpos pesados en distintas direcciones. Pero por suerte para su ánimo todos esos ruidos se alejaban y apagaban cada vez más.
—¿Y que pensarán ellos de esto? —Billy rompió el silencio—. Todos los aficionados al box decían que yo no le tenía miedo a nadie. Y me alegro de que no me vean esta noche —gruñó—. Ya tuve todo lo que podía desear de esta maldita arena. Y ahora voy a levantarme para hacer fuego.
Eso era cosa fácil, porque entre las cenizas aún había restos de tizones que ardían destacándose en medio del color gris del rescoldo. Los contempló fijamente y comenzó a caminar.
—¿Y ahora a dónde vas? —le gritó Saxon.
—Se me ocurrió una idea —respondió sin decir nada más, y avanzó más allá del círculo que iluminaba el fuego.
Saxon se sentó y se cubrió hasta la barbilla con la frazada, admirando el valor de su hombre. No había llevado consigo ni siquiera el hacha, y se encaminaba directamente hacia el lugar donde se había desvanecido el ruido.
Diez minutos después regresó riendo.