El Valle de la luna
El Valle de la luna —¡Hijos del diablo! Me sacaron bastarte de mis casillas. La próxima vez voy a asustarme hasta de mi propia sombra… ¿Sabes que era? PodrÃas pensarlo mil años y no lo averiguarÃas.
Eran unos cuantos terneritos, y estaban más asustados que nosotros.
Fumó un cigarrillo cerca del fuego y luego se acercó a Saxon, debajo de las frazadas.
—SerÃa un buen granjero ¿eh? —dijo bromeando—, si un montón de terneritos puede asustarme y sacarme fuera de quicio. ApostarÃa algo a que tu padre o el mÃo no hubieran movido ni un párpado. Esa raza se ha extinguido, eso es lo que pasa.
—No, no se ha extinguido —dijo Saxon—. La estirpe permanece. Somos tan capaces como nuestros antepasados lo fueron siempre, y sobre todo somos más sanos. Fuimos criados de manera distinta, eso es todo. Siempre hemos vivido en ciudades. Conocemos los ruidos y las cosas de la ciudad, pero no los del campo. Nuestra vida no ha sido natural, y nos hemos pasado los dÃas dentro de una cáscara de nuez. Y ahora vamos a ser más naturales. Sólo necesitamos un poco de tiempo para dormir a la intemperie con la misma facilidad que lo hicieron tu padre o el mÃo.
—Pero no sobre la arena —refunfuñó Billy.
—También probaremos eso. Sólo lo ensayamos por primera vez. Y ahora pórtate bien y duerme.