El Valle de la luna
El Valle de la luna —SÃ, uno comenzaba asÃ: «Dulce como laúdes al viento…».
—Me suena como algo familiar —dijo la dueña de casa pensando.
—Y hay otro que comienza de esta manera: «Me he ocultado de la multitud en los boscajes», o algo por el estilo, pero no lo comprendo muy bien, fue dedicado a mi padre…
—Un poema de amor —la interrumpió la señora Mortimer—. Creo que lo recuerdo. Espere un segundo… ¡Oh, oh, ya lo tengo! «En el chisporroteo de la fuente…». Nunca me olvide del murmullo de la fuente, aunque no recuerdo el nombre de su madre.
—Margarita… —comenzó a decir Saxon.
—… Dayelle —agregó sin demora la dueña de casa.
—Oh, pero nadie la llamaba de esa manera.
—Pero firmaba asà ¿Cómo la llamaban los otros?
—Margarita Willey Brown.
La señora Mortimer se levantó y se dirigió hacia las repisas cargadas de libros, y extrajo con rapidez un volumen grande sobriamente encuadernado.