El Valle de la luna

El Valle de la luna

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—Esto es la «Historia en Recortes» —dijo explicando—. Entre las cosas que tengo están los buenos versos recortados de los diarios —sus ojos recorrían el índice y de pronto se detuvieron—. Exacto. Dayelle Willey Brown. Sí, aquí está. Y también diez de sus poemas: «La busca del Wikingo», «Días de Oro», «Constancia», «El Caballero», «Tumba de Little Meadow»…

—Allí luchamos contra los indios —la interrumpió Saxon muy emocionada—. Y mamá, que por aquel entonces era una niña pequeña, salió en busca de agua para los heridos. Y los indios no dispararon contra ella. Todo el mundo dijo que fue un milagro —se apartó de los brazos de Billy para ir en busca del volumen, y exclamó—: ¡Oh, déjeme verlo, déjeme verlo! Nunca los vi, no conozco todos esos poemas. ¡Y pensar que son de mi madre!

La señora Mortimer tuvo que limpiar con su pañuelito los anteojos que se habían empañado, y durante media hora, junto con Billy, permanecieron en silencio observando cómo Saxon devoraba las líneas escritas por su madre. Por último, sin dejar de mirar el libro que había cerrado y, colocando un dedo entre sus páginas, repetía con un asombro casi supersticioso:

—Y yo no lo supe nunca, nunca.


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