El Valle de la luna
El Valle de la luna Ahora la voz se escuchaba a su lado, apenas a una yarda de distancia, y sin embargo no podÃa ver nada porque la luz, que aparecÃa de a intervalos, se apagaba al instante, como si el dedo del que manejaba la linterna estuviese ya cansado de apretar.
—Vamos, muévanse —siguió diciendo la voz—. Envuelvan sus frazadas y apúrense. Los andaba buscando.
—¿Pero quién diablos es usted? −le preguntó Billy.
—El condestable. Vamos.
—¿Y a quién busca?
—A los dos, a ustedes dos.
—¿Pero, por qué? .
—Por vagancia. Ahora muévanse. No me quedaré parado aquà la noche entera.
—¡Oh, mándese mudar! —le aconsejó Billy—. No soy un vagabundo sino un trabajador.
—Quizá lo sea y quizá no —dijo el condestable—. Pero eso se lo podrá decir por la mañana al juez Neusbaumer.
—Pero usted, perro roñoso, ¿cree que podrá arrastrarme? —comenzó a decir Billy—. IlumÃnese. Quiero verle la cara mugrienta que tiene. ¿Llevarme a mÃ, eh, llevarme? En menos de un abrir y cerrar los ojos estoy de pie y lo hago papilla.