El Valle de la luna
El Valle de la luna —No, no —le rogó Saxon—, no hagas nada. SignificarÃa la cárcel.
—Eso es muy cuerdo —dijo el condestable—. HarÃa mejor si escuchara a su mujer.
—Es mi esposa y trate de hablarle como tal —le previno Billy—. Y ahora salga de aquà si es que sabe lo que le conviene.
—Ya he visto antes a gente de su clase —respondió el otro—. Y tome nota que llevo conmigo un elemento para persuadirlo.
La luz de la linterna apareció nuevamente iluminando una mano que apretaba el revólver. Esa mano parecÃa algo fantástico, como una cosa aparte que existiera por sà misma y que no estuviera vinculada a ningún cuerpo, que aparecÃa y desaparecÃa de la vista cuando el otro encendÃa o apagaba la luz. Por un instante contemplaron asombrados la mano y el revólver, e inmediatamente se encontraron sumidos dentro de una oscuridad impenetrable, y en seguida la mano y el revólver aparecieron nuevamente.
—Supongo que ahora vendrán —murmuró con jactancia el condestable.
—Creo que tendrá que suponer otra cosa distinta —comenzó a decir Billy.