El Valle de la luna
El Valle de la luna Y en ese momento la luz se apagó. Escucharon al funcionario que hacÃa un rápido movimiento y también un golpe metálico sobre el suelo. Billy y el condestable titubearon ante eso, pero el joven iluminaba en ese momento el rostro del otro. El matrimonio vio entonces a un hombre de edad avanzada, que le recordaba a Saxon esa clase de gente que solÃa ver en las procesiones de veteranos del Gran Ejército, durante el DÃa de la Condecoración.
—Déme esa luz —le amenazó el otro.
Billy se negó murmurando.
—Le meteré una bala por criminal.
Con el revólver apuntó directamente hacia Billy sin que le temblase el dedo que tenÃa en el gatillo, y ambos jóvenes pudieron ver el brillo de las puntas de las balas en el interior del tambor.
—¡Eh, viejo barbudo! Usted no tiene pasta para tirar contra manzanas agrias —le respondió Billy—. Conozco a la gente que se le parece: bravos como leones cuando se trata de arrastrar a pobres de espÃritu, a inválidos, pero mansos como perros amarillos cuando se enfrentan con un hombre de verdad. Apriete el gatillo, mugriento, ¡cobarde! Si digo ¡uuu!, empezará a correr con el rabo entre las patas.
Y haciendo lo que decÃa, Billy dejó escapar un fuerte ¡uuu!, mientras que Saxon sonrió involuntariamente ante la sorpresa que experimentó el condestable.