El Valle de la luna
El Valle de la luna Pero antes de estar listos para poder correr descalzos sobre el borde peligroso, que limitaba la arena humedecida de color crema junto al agua del océano, algo nuevo y maravilloso les llamó la atención. Hacia abajo, donde estaban los pinos oscuros, atravesando las colinas arenosas, corría un hombre que sólo vestía unos pantalones cortos. Era de piel suave y rosada, con un rostro infantil y un mechón de pelo rubio y ensortijado, pero su cuerpo era enorme, hercúleo, musculoso.
—¡Oh… debe ser Sandow! —le murmuró Billy a su mujer por lo bajo.
Pero ella pensaba en los grabados del libro de recortes de su madre, en los Vikings llegando a las arenas húmedas de Inglaterra.
El que corría pasó muy cerca de allí y se alejó unos diez pies, cruzó la arena sin detenerse hasta que la espuma de las olas le llegó hasta las rodillas, mientras que por encima de él, más o menos a unos diez pies, se elevaba un muro de contención formado por las aguas. A pesar de que su cuerpo parecía enorme y poderoso, ante la inminente bofetada del mar se asemejaba a algo pálido y frágil.
Saxon observaba la escena con ansiedad y después, por un instante, clavó sus ojos en Billy, que contemplaba todo enteramente tenso.