El Valle de la luna
El Valle de la luna El viento soplaba ligeramente y no penetraba en la cueva. La playa era cálida y balsámica. La atmósfera era endulzada por el aroma de los arbustos. Y en la espesura, por aquà y por allá, habÃa pequeños robles y otros árboles de poco desarrollo cuyos nombres Saxon ignoraba. Su entusiasmo alcanzaba ahora el nivel del de Billy, y tomados de las manos comenzaron a explorar.
—Aquà realmente podemos jugar a ser Robinson Crusoe —dijo él mientras pisaban la arena dura y se acercaban al borde del mar—. Vamos, Robinson, soy tu Viernes y se hará lo que tú digas.
—¿Pero qué haremos con Sábado? —dijo ella fingiendo consternación, y señaló la huella de una pisada en la arena. Tal vez sea de un canÃbal.
—No hay tal cosa. No se trata de un pie descalzo sino de una zapatilla de tenis.
—¿Pero acaso no podrÃa ser que un canÃbal haya robado una zapatilla de tenis a algún ahogado o a un marino al que se haya devorado? —respondió ella.
—Los marinos no usan zapatillas de tenis −le refutó Billy rápidamente.
—Sabes demasiado para ser Viernes —bromeó ella—, pero estableceremos igualmente el campamento aquà si abres los bultos. Además, sino es un marino lo que el salvaje ha devorado, tal vez sea un pasajero de barco.