El Valle de la luna
El Valle de la luna Lo último que quedaba por atravesar desde el alambrado de púas era una pendiente de doce pies, y Saxon se acercó a la arena suave y seca y, luego de dejarse caer, se sentó.
—Te digo que esto es grandioso —murmuró Billy—. ¿Qué te parece como lugar para acampar? Y allÃ, entre los árboles, existe el más bonito de los manantiales que jamás hayas visto. Y mira la cantidad de leña buena y… —miró hacia el mar como si quisiese decir que ningún apresuramiento para, describirlo podrÃa estar a la altura de lo que veÃan—. Podemos vivir aquÃ. Y mira las almejas que hay allÃ. ApostarÃa que serÃa posible la pesca. ¿Qué te parece si nos detenemos un par de dÃas? De todos modos se trata de una temporada de vacaciones, y podrÃa regresar a Carmel para buscar anzuelos y lÃneas.
Con la mirada penetrante y el rostro resplandeciente, Saxon se dio cuenta que Billy ya se habÃa curado de la ciudad.
—Y no hay nada de viento —comenzó a decir otra vez—, ni un hálito. Y mira qué natural es todo. Es como si nos encontrásemos a mil millas de cualquier parte.