El Valle de la luna

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VIII

Cada vez que la marea bajaba Billy corría hacia el lado del muro, arriesgándose en la ruta que él y Hall habían transitado, y cada tentativa la hacía más rápidamente.

—Espera al domingo —dijo a Saxon—. Le voy a apostar dinero a ese poeta en una corrida. Ya no me molestará. Me siento muy confiado. En cualquier lugar corro sobre manos y rodillas.

Y todo lo imaginé de esta manera: supongamos que uno tiene un pie a cada lado y que el sitio está lleno de pasto fresco. No habrá nada que le detenga, no caerá y se deslizará como por encanto. Y sucede lo mismo si a cada lado, hacia abajo, hay una milla. Eso no le interesa a uno. La cuestión está en mantenerse erguido y marchar como si fuese un sueño. Y sabes, Saxon, que cuando camino así nadie me molesta en absoluto. Espera a que el domingo llegue con su turba. Estoy listo para recibirlo.

—No me imagino a qué podrá parecerse esa turba —dijo Saxon pensativa.

—Se tratará de gente parecida a él, seguramente. Pájaros del mismo plumaje siempre andan juntos. Me parece que ninguno de ellos será engreído.


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