El Valle de la luna
El Valle de la luna En las partes más anchas del camino a veces Saxon guiaba el vehÃculo y Billy marchaba a pie para aligerar la carga. Saxon insistió también en andar, y cierta vez que él detuvo las yeguas fatigadas, ella se le acercó, les acarició las cabezas y murmuró frases amables. Entonces el placer que sentÃa Billy era demasiado grande para poder expresarlo con palabras, y lo único que hacÃa era contemplar los hermosos ejemplares, su magnÃfica muchacha acicalada, con su traje juvenil lleno de colorido y confeccionado en un cordero y oro oscuro, con falda corta. Pero cuando recibió en respuesta una mirada llena de dicha, como un súbito apaciguamiento de sus ojos grises y claros, Billy sintió que tenÃa que decir algo porque si no estallarÃa.
—¡Criatura! —exclamó.
Saxon también le respondió con el rostro radiante:
—¡Criatura!
Durante una noche acamparon en una profunda saliente del desfiladero, y allà cerca habÃa una población que trabajaba para una fábrica de cajones. Un anciano desdentado que los contemplaba con ojos absortos les preguntó:
—¿Pertenecen a algún circo?