El Valle de la luna

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XVIII

Fueron despertados por los ladridos de Possum que, indignado, le reprochaba a tres ardillas que no quisieron descender del lugar donde estaban, con el evidente fin de darles muerte. Las ardillas parloteaban tranquilamente en su misterioso e incomprensible idioma, cosa que exasperó más a Possum, que a toda costa quería saltar al árbol. Billy y Saxon rieron ante la ira del perro.

—Si éste será nuestro lugar, la muerte no existirá para las tres ardillas —dijo el marido.

Saxon le apretó la mano, como diciéndole que estaba de acuerdo, y se sentó. Desde la orilla del arroyo llegaba el canto de una alondra.

—No nos queda nada por desear —dijo ella suspirando dichosamente.

—Sí, salvo los hechos —la corrigió Billy.

Después de un desayuno apresurado comenzaron a explorar el lugar, recorrieron sus límites irregulares y lo cruzaron en diversas direcciones, desde el cerco de durmientes hasta el arroyuelo y viceversa. En el extremo del prado, sobre la margen del agua encontraron siete manantiales.

—Aquí tienes el abastecimiento de agua —le dijo Billy—. Deseca el prado, trabaja el suelo, y por medio de fertilizantes y de riego se podrán obtener recolecciones durante todo el año. Debe haber unos cinco acres, y no los cambiaría por los de la señora Mortimer.


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