El Valle de la luna

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—Muy bien. Pero antes quiero que sepas que no tengo que envidiarle nada al patrón de Oakland, para el que trabajé antes. Y realmente soy un hombre de negocios, por si te lo pregunta alguien que maneje un carro de verduras. Bueno, ahora te lo contaré, pero aún no comprendo cómo los hombres de Glen Ellen no me colgaron por eso. Creo que estaban dormidos, porque antes nadie había caído en una cosa semejante en la ciudad. Escucha atentamente: ¿sabes de esa fábrica de ladrillos de fantasía que se está terminando de instalar, y que producirá ladrillos refractarios al fuego, de esos que se colocan en las paredes? Bueno, estaba inquieto por los seis caballos que me devolvían, que no me producirían nada y que me dejaban en la miseria. Tenía que conseguir trabajo para ellos en alguna parte, y entonces me acordé de la fábrica de ladrillos. Rumbeé el pingo hacia allí y conversé con el químico japonés que se encarga de los experimentos. Allí estaban los capataces disponiéndolo para que todo esté listo cuando comiencen a trabajar. Observé el terreno. Habían abierto un pozo de barro, con la misma greda blanca en el interior que hemos visto sacar más allá de los ciento cuarenta acres, en el lugar de los tres rincones. Se trata de un camino cuesta abajo de cerca de una milla, que dos caballos pueden salvar con facilidad. En realidad, la parte más difícil del trabajo será la carga de las carretas vacías, sobre el mismo pozo. Después até el potrillo y comencé a hacer cálculos. El japonés me dijo que el gerente y otros dos personajes muy importantes llegarían en el tren de la mañana. No le dije nada a nadie pero me agregué a la comisión que iba a recibirlos, y cuando apareció el tren, estreché la mano del burgomaestre; aquél era de un tipo que debiste conocer alguna vez en Oakland, un boxeador lento de tercera clase, que se llamaba…, a ver…, «el Gran Billy» creo que le decían en los medios deportivos, y que ahora se le conoce como Guillermo Roberts. Bueno, les extendí la mano muy satisfecho y fui con ellos hasta la fábrica de ladrillos, y por lo que conversaban comprendí de qué manera se hacían las cosas. Cuando llegó la oportunidad les hice la proposición. Me sentía asustado ante la perspectiva de que yo estuviera arreglando el asunto del transporte de carros. Pero comprendí que no se trataba de eso cuando me pidieron mis números. Los sabía de memoria y uno de los grandes escopeteros que había allí los apuntó en una libreta.


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