Historias de los siglos futuros
Historias de los siglos futuros No volvÃa a su casa como los demás durante las vacaciones y los dÃas de fiesta; vagaba por los patios y los edificios desiertos, donde los jardineros lo abordaban sin llegar a comprender el porqué de su mutismo. Se recuerda que leÃa mucho, pasando los dÃas por los campos o al lado de la chimenea, con la nariz metida en un libro cualquiera. Fue asà como se le cansó la vista y tuvo que llevar aquellas gafas tan prominentes con las que apareció en las fotografÃas que publicaron luego los periódicos.
Era un alumno brillante. Una capacidad tal habrÃa tenido que llevarle lejos. Pero no tenÃa necesidad de aplicarse. Le bastaba echar un vistazo a un texto para hacerse dueño de él. Gracias a sus lecturas suplementarias, aprendÃa más en seis meses que un estudiante normal en el mismo número de años. Con apenas catorce años, estaba preparado -más que preparado, según los términos del rector de su academia- para entrar en la Universidad de Yale o de Harvard. Su juventud le impedÃa inscribirse. Por eso lo encontramos, más tarde, recién llegado al colegio de historia de Bovdain. Allà pasó brillantemente sus exámenes, luego siguió, en Berkeley, California, al profesor Bradlough, el único amigo que Emile Gluck conoció en su vida.