Historias de los siglos futuros
Historias de los siglos futuros Pero si el lector hubiese vuelto a Pekín semanas más tarde, habría buscado en vano sus once millones de habitantes. Habría encontrado un pequeño número de ellos, tal vez algunos cientos de miles en estado de descomposición dentro de las casas y en las calles desiertas o amontonados sobre los carros fúnebres abandonados. Para encontrar a los demás habría tenido que buscar en las grandes y pequeñas vías de comunicación. Y aún así no hubiese descubierto más que algunos grupos huyendo de las ciudad apestada de Pekín, ya que su huida estaba jalonada por innumerables cadáveres pudriéndose al lado de las carreteras. Y lo que pasaba en Pekín se reproducía en todas las ciudades, pueblos y aldeas del imperio. La plaga hacía estragos de punta a punta del país. No eran una o dos epidemias, eran una veintena. Todas las formas virulentas de enfermedades infecciosas se desencadenaron sobre el territorio. El gobierno chino comprendió tarde el fin de aquellos gigantescos preparativos, de aquella distribución de ejércitos mundiales, de aquellos vuelos de aviones y de aquella lluvia de tubos de cristal. Sus Proclamaciones cayeron en el vacío y no podían tan siquiera contener los once millones de miserables que huían de Pekín para diseminar el contagio por todo el país. Los médicos y oficiales de sanidad morían en sus puestos, y la muerte triunfante se adelantaba a los decretos de Li-Tang-Foung. A él también se le echó encima, ya que Li-Tang-Foung sucumbió en la segunda semana.