La gente del abismo
La gente del abismo —Claro —me apresuré a decir—, sé que no hay precedentes, sin embargo…
—Como estaba a punto de indicarle —continuó imperturbable—, no existen precedentes, de modo que no podemos hacer nada por ayudarle.
De todas formas conseguà la dirección de un detective que vivÃa en el East End, y me dirigà al despacho del cónsul norteamericano. Allà encontré a un hombre con el que podÃa «hacer negocios». No hubo carraspeos ni masculló nada, ni alzó las cejas, ni mostró desconcierto o asombro. En un minuto le expliqué mi propósito y mi proyecto, que él aceptó con naturalidad. En el minuto siguiente me preguntó mi edad, estatura y peso. Y a los tres minutos, mientras nos despedÃamos, dijo:
—Está bien, Jack. Me acordaré de ti y te seguiré la pista. —Respiré con alivio. Después de quemar mi nave ya era libre para sumergirme en aquella selva humana de la que nadie parecÃa saber nada en absoluto. Pero en seguida topé con una nueva dificultad en la persona de mi cochero, un individuo imperturbable de patillas grises que me habÃa conducido a través de la City durante horas.
—Lléveme al East End —le ordené mientras me sentaba.
—¿Dónde, señor? —preguntó sorprendido.
—Al East End, a cualquier sitio. Vamos.