La gente del abismo
La gente del abismo —No se preocupe por eso —le interrumpà para evitar que su rÃo de negativas me echase de la oficina—. Hay algo que pueden hacer por mÃ. Quiero que comprenda de antemano lo que intento hacer para que si hay algún problema pueda usted identificarme.
—Ah, ya veo. Si lo asesinaran estarÃamos en situación de poder identificar su cadáver.
Lo dijo con tanto cariño y sangre frÃa que al instante contemplé mi cadáver, tieso y mutilado, yaciendo en una losa sobre la que goteaba sin cesar el agua frÃa, y a él, entristecido y paciente, identificando el cuerpo de aquel americano loco que quiso ver el East End.
—No, no —contesté—. Simplemente para identificarme por si tengo algún roce con los bobbies —dije esto último lleno de satisfacción; me estaba habituando al habla local.
—Éste es un tema que le corresponde a la Oficina Principal —dijo—. ¿Sabe?, no hay precedentes — agregó a modo de disculpa.
El hombre de la Oficina principal carraspeó y masculló.
—Tenemos por norma —explicó— no dar información sobre nuestros clientes.
—Pero en este caso —insist× es el cliente el que les pide que den esa información. —Carraspeó de nuevo y masculló.