La gente del abismo
La gente del abismo —Pero no puedes —era la consabida respuesta.
—No he venido a veros para eso —dije secamente, un poco irritado por su incomprensión—. Soy forastero y quiero que me contéis lo que sepáis del East End para saber por dónde empezar.
—No sabemos nada del East End. Simplemente está por ahí, en alguna parte —y hacían un gesto vago con la mano en dirección hacia donde en raras ocasiones se veía ascender el sol.
—Entonces, iré a Cook’s —anuncié.
—Oh, sí —contestaron aliviados—. Seguro que Cook’s lo sabe.
Pero Cook, Thomas Cook & Son, conocedores de todos los caminos y sendas, establecidos en todas las encrucijadas del mundo y capaces de proporcionar ayuda a los viajeros extraviados, podían, sin vacilar y rápidamente, enviarme al África más negra o al remoto Tíbet, ¡pero no tenían ni idea de cómo ir al East End londinense, que estaba a poco más de un tiro de piedra de Ludgate Circus!
—No puede hacerlo —dijo el emperador de rutas y tarifas de Cook’s en su oficina de Cheapside—. Es… ejem… tan inusual. Hable con la policía —concluyó autoritariamente ante mi insistencia—. No tenemos por costumbre llevar viajeros al East End; nadie nos pide ir allí, y no sabemos nada en absoluto de ese lugar.
