La gente del abismo
La gente del abismo Las calles quedaron quietas y desiertas cuando los que salían de los teatros se marcharon a sus casas. Sólo se podía ver a los policías, omnipresentes, que dirigían los rayos de sus linternas hacia portales y callejones, y a hombres, mujeres y muchachos protegiéndose del viento y la lluvia bajo las cornisas. Piccadilly, sin embargo, no estaba tan vacío. Sus aceras estaban animadas por la presencia de mujeres bien vestidas y sin compañía, y había vida y movimiento causado por la búsqueda de pareja. Pero a eso de las tres ya había desaparecido la última de aquellas mujeres, y el lugar quedó solitario.

“Sólo se podía ver a los policías, omnipresentes, que dirigían los rayos de sus linternas hacia portales y callejones…”
A la una y media había cesado la lluvia y a partir de ese momento sólo cayeron chubascos ocasionalmente. Los sin hogar abandonaron la protección de los edificios y empezaron a andar por todas partes para acelerar la circulación de la sangre y mantenerse calientes.

Una mujer ya mayor, durmiendo profundamente.