La gente del abismo
La gente del abismo Después de afeitarme y bañarme, me metí entre sábanas limpias y me dormí. Eran las seis de la tarde cuando cerré los ojos. No los volví a abrir hasta las nueve de la mañana siguiente. Había dormido quince horas seguidas. Y mientras yacía amodorrado, mis pensamientos se dirigieron a los setecientos desgraciados que había dejado esperando el servicio religioso. Para ellos no habría baño, ni afeitado, ni sábanas limpias, ni un sueño reparador de quince horas. Después del servicio les esperaban de nuevo las mismas calles de siempre, el problema de encontrar un mendrugo para cenar, una noche sin echar ojo y la búsqueda de otro mendrugo para la mañana siguiente.