La gente del abismo
La gente del abismo Lo que queda de vida pisa majestuosamente
calles fétidas y callejones arrasados por las fiebres.
THOMAS ASHE
Ayer estuve en un alojamiento municipal, no lejos de Leman Street. Si fuese capaz de ver el futuro y descubriese que tenía que vivir en semejante lugar hasta mi muerte, saldría inmediatamente a la calle y me arrojaría de cabeza al Támesis.
Aquello no era una habitación. El respeto al lenguaje no permite llamarlo así, como tampoco permite que una choza sea llamada mansión. Era una guarida, un cubil. Sus dimensiones eran siete pies por ocho, y el techo era tan bajo que no almacenaba el volumen de aire del que dispone un soldado británico en el cuartel. Un camastro, con sábanas harapientas, ocupaba la mitad del cuarto. Una mesa desvencijada, una silla y un par de cajones dejaban poco espacio donde moverse. Con cinco dólares se hubiese comprado todo lo que estaba a la vista. El suelo estaba desnudo, mientras que las paredes y el techo se encontraban literalmente cubiertos de manchas de sangre. Cada una de éstas obedecía a la muerte violenta de un insecto, pues el lugar estaba infestado de bichos, una plaga que nadie podía combatir por sí mismo.

