La gente del abismo
La gente del abismo Pero ¡oh, queridas gentes de vida fácil!, hartos de comer bien, con camas blandas y habitaciones ventiladas, ¿cómo os podría hacer comprender lo que sufriríais si tuvieseis que pasar una fatigosa noche en las calles de Londres? Creedme, imaginaríais que han pasado mil siglos antes de que la aurora iluminase el oriente; temblaríais y gritaríais por el dolor de cada uno de vuestros músculos, y os maravillaríais de poder soportar tanto y seguir con vida. Si os sentaseis en un banco y se os cerraran los ojos, un policía os despertaría con la seca orden de “Circule”. Podríais descansar en un banco, aunque éstos son escasos y están muy separados entre sí; pero si descanso significa dormir, entonces te encuentras con que hay que “circular”, arrastrando vuestro cuerpo agotado por calles interminables. Y si con desesperada astucia buscaseis algún oculto callejón, un oscuro pasaje, y os acostaseis en el suelo, también de allí el omnipresente policía os echaría. Cumple con su obligación. La ley de los poderosos dice que los pobres han de ser echados de un sitio tras otro.
Pero al llegar el alba, cuando se diese fin a la pesadilla, regresaríais a vuestros hogares donde os repondríais, y hasta el final de vuestros días podríais contar la historia de esa aventura a vuestros embobados amigos. Sería una estupenda historia. Una breve noche de ocho horas se habría convertido en una odisea, y vosotros en Homeros.