La gente del abismo
La gente del abismo Estos dos hombres, rechazados en el albergue de Whitechapel, se dirigían conmigo al de Poplar. No había muchas posibilidades, pensaban, pero aún podíamos confiar en la casualidad. O entrábamos en Poplar o nos quedábamos toda la noche en la calle. Ambos ansiaban una cama, pues confesaban estar “en las últimas”. El Carretero, a sus cincuenta y ocho años, había pasado tres noches al cielo raso y sin dormir, mientras que el Carpintero, de sesenta y cinco, llevaba cinco a la intemperie.

Una sala del albergue de Whitechapel.