La gente del abismo
La gente del abismo No es el miedo a morir, ni siquiera a morir de hambre, lo que
hace a un hombre desgraciado. Muchos hombres han muerto;
todos los hombres han de morir. Es vivir miserablemente, sin que
sepamos porqué; trabajar duro y no ganar nada;
tener el corazón agotado, abrumado, solitario,
en medio de un helado y universal “laissez faire”.
CARLYLE
Al Carretero, con su rostro noble, con perilla y sin bigote, en Estados Unidos lo hubiese tomado por cualquier cosa, desde capataz a granjero acomodado. En cuanto al Carpintero… bueno, le hubiese tomado por carpintero. Flaco y fibroso, con ojos sagaces y escudriñadores y manos retorcidas que habían sostenido herramientas durante cuarenta y siete años, tenía todo el aspecto de ser lo que era. El gran problema de estos hombres consistía en que eran viejos, y sus hijos, en vez de crecer para cuidarlos, habían muerto. Los años habían podido con ellos, y se habían visto desplazados del negocio por competidores nuevos y más jóvenes que les quitaron el trabajo.
