La Llamada de la selva
La Llamada de la selva Se procedió, pues, a la inexorable eliminación de lo superfluo. Mercedes lloró cuando descargaron las bolsas con su ropa y fueron tirando una prenda tras otra. Lloraba en general y lloraba en particular por cada artículo descartado. Sentada con las manos aferradas a las rodillas, se mecía con desconsuelo adelante y atrás. Prometió que no se movería un solo centímetro ni por una docena de Charles. Apeló a todos y a todo, y finalmente se enjugó las lágrimas y se puso a tirar incluso artículos de vestir que eran absolutamente necesarios. Y en su afán de tirar, cuando acabó con las suyas la emprendió como un torbellino con las pertenencias de los hombres.